Llegué a Madrid con un título que aquí no valía
Relato editorial creado por el equipo de Pensémoslo a partir de situaciones y experiencias comunes. No es el testimonio de una persona usuaria registrada.
Llegué en octubre, con una maleta de veintitrés kilos y otra de mano, a un piso compartido en Carabanchel que había alquilado por videollamada.
En mi país trabajaba de enfermera. Nueve años. Aquí lo primero que descubrí fue la palabra homologación, y después el plazo: veintidós meses, entre papeles, traducciones juradas y una tasa que pagué dos veces porque me equivoqué de modelo.
Mientras tanto trabajé cuidando a una señora de ochenta y siete años en Vallecas. Buena mujer. Me enseñó a hacer croquetas y me llamaba por el nombre de su hija cuando se despistaba.
Las cosas que nadie me contó: que sin nómina indefinida ningún casero te alquila; que la cita previa del extranjería se agota a las siete de la mañana; que el frío de enero aquí es seco y entra de otra manera.
Las que tampoco me contó nadie: que la vecina del cuarto me subiría un táper el primer diciembre porque me vio llegar sola; que iba a aprender a decir vale para todo.
Ahora trabajo en una residencia, con contrato, y estoy pagando un alquiler yo sola por primera vez.
Echo de menos cosas raras. El olor de la calle de mi madre a las siete de la tarde. Una marca de galletas.
Mis hijos, si algún día los tengo, van a ser de aquí y no van a entender nada de esto. Supongo que de eso se trataba.
Esta experiencia no es un consejo ni una recomendación. Es lo que una persona vivió. Nunca te diremos qué hacer: la decisión es tuya.
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